Tristeza en la Provincia por la muerte de Maximiliano Brumec, un ejemplo de lucha y optimismo

Profundo dolor causó el fallecimiento del senador capitalino Maximiliano Brumec, un auténtico luchador que encaró la vida con un espíritu de lucha y optimismo admirables. Su partida tiene un impacto que trasciende el ámbito político y golpea a toda la comunidad, clara prueba de todo lo que construyó en sus años en la función pública.

Maxi había superado dos trasplantes con una fortaleza extraordinaria, pero el maldito coronavius terminó con sus sueños esta madrugada.

Llevaba varios años haciendo frente a severos problemas de salud, que había superado sucesivamente con enorme entereza. Tenía mucha fe en salir adelante y cuando hablaba de sus problemas lo hacía sin victimizarse ni por un segundo.

Deportista de toda la vida, gran lector, político comprometido; un buen día sintió un malestar y le terminaron descubriendo un serio problema que lo obligó a someterse a un trasplante. Ganó esa batalla y era capaz de contar su experiencia sin perder la sonrisa. Sentía que la prueba le había permitido descubrir su propia fuerza, para entender, para interesarse en otros.

Tras un breve paso por el Programa Pío (Pro Igualdad de Oportunidades) en la gestión del Frente Cívico y Social, durante la gobernación de Eduardo Brizuela del Moral, se integró en 2011 al equipo de Lucía Corpacci, quien al ganar las elecciones lo eligió como su Secretario de Deportes.

Con Lucía se mantuvo en el cargo durante ocho años, desarrollando una labor brillante que a la vez le permitió estrechar lazos afectivos con deportistas, entidades barriales, clubes y escuelas. En 2019 fue electo senador por la Capital, en lo que sería su última labor.

Formado como profesor de Educación Física y amante de todos los deportes, era inquieto y ya de adulto decidió estudiar también abogacía: completó la carrera y se recibió siendo funcionario.

“En realidad cuando terminé el secundario inicié el primer año de Abogacía. Hice el examen de ingreso y como saqué la nota más alta gané una beca para estudiar en la Universidad Católica. Pero por una situación familiar en lugar de estudiar tuve que salir a trabajar, y opté por otra carrera que me dejara más tiempo. Como toda mi vida fui deportista seguí el Profesorado de Educación Física, y en cuatro años me recibí, pero Abogacía siempre me quedó como una cuenta pendiente. Y cuando me establecí y lo pude hacer, volví a estudiar y me recibí”, recordó en una entrevista con El Esquiú.com.

Le fue fácil estudiar porque amaba la lectura: “Cuando en mi casa éramos chicos, mi papá siempre nos hacía leer una hora por día. Y si bien en la niñez uno tiene una lectura didáctica o recreativa, cuando sigue leyendo de adulto ya tiene el hábito y el estudio se hace muy fácil. Yo nunca dejé de leer y estudiar, y por eso no me costó. Al contrario, me apasiona leer, instruirme, y lo disfruto. Todas las noches leo antes de dormir…”.

Siempre fue un trabajador incansable. Comentaba que “como maestro de Educación Física empecé con las colonias de vacaciones, tenía ocho colonias simultáneas y era especialista en la parte de recreación. Después entré en escuelas con algunas horas; en el Centro de Educación Física fui el primer presidente del Centro de Estudiantes, que lo creamos en esa época. Trabajé en escuelas municipales y en escuelas privadas, y fui creciendo hasta ser director de escuela. Practicábamos muchas disciplinas y ya en esa época tenía contacto con muchos clubes y escuelitas deportivas”.

Su llegada a la Secretaría de Deportes fue una revolución para todas las actividades: “Armamos una estructura basada en tres pilares: el deporte social, donde el objetivo es que cada vez más gente practique actividad física; el deporte de alto rendimiento, donde en un momento había dos o tres chicos que se destacaban por una cuestión personal, y hoy tenemos más de 60 deportistas catamarqueños que recorren el mundo; y en tercer lugar los eventos deportivos, porque sirven para ver modelos, para generar entusiasmo y también para movilizar el turismo. Con nuestros eventos en múltiples disciplinas fuimos uno de los principales promotores de turismo en la provincia, y eso generó muchos ingresos”, recordaba.

Recorrió la provincia de punta a punta con una entrega conmovedora, a pesar de que al asumir ya estaba dializándose por una insuficiencia renal crónica. Pero en ningún momento se quebró: “no sentí temor, la verdad es que me generó más fuerza. Viví un proceso interno fuerte, pero me llevó a saber que uno puede superar un problema cuando decide salir adelante. Y para eso tuve mis pilares: primero la fe. Yo siempre digo que Dios me acompañó, que me sigue acompañando y me dejó una misión en la vida. Segundo mi familia, porque estuvo y está al lado mío todo el tiempo y es lo que me hace seguir adelante. Y finalmente la vocación de servicio, la necesidad de hacer algo por el otro. Siento que ayudar a los demás es mi misión. Cuando uno tiene adversidades entiende el sentido de la superación, cuando uno está muy mal comienza a sentir que puede, que puede luchar, que puede salir… los médicos me decían que no me entendían, porque en los momentos más difíciles, en lugar de deprimirme yo estaba más entusiasmado y decidido a salir adelante”.

Con la misma actitud superó los trasplantes. Confesaba que “no me iba a quedar tirado en una cama porque sentía que tenía mucho por hacer. Y en definitiva ese proceso no es más que un gran acto de amor: del que da el órgano, del que recibe, y es inevitable ver y honrar la vida de una forma diferente. Empezás a comprender que cada acto tiene un sentido distinto, y lo disfrutas, y cada vez que podes ayudar a alguien lo haces con amor, con cariño”.

En todo ese difícil proceso cambió para bien: “Me generó una resilencia muy importante, para transformar lo malo en algo bueno, y siempre tengo una mirada positiva. Tengo optimismo, más allá de que todos tenemos problemas, pero se lo digo a mis hijos: no hay una vara de problemas, uno tiene que ver cómo superarlos. En definitiva esto representó una prueba fuerte, porque fue muy duro, pero me hizo quien soy: una persona fuerte, con valores, y que tiene claro que uno está para ayudar al otro. Dios nos regala estos minutos de vida para una misión, que es amar, ayudar, dar”, era su filosofía.

En el camino se hacía querer por todo el mundo. Agustín Segura, el primer catamarqueño puma, cuando volvió de Francia le trajo la medalla y se la regaló. Y atesoraba miles de vivencias inolvidables, como cuando llevó a un contingente de niños a ver a Lío Messi a su entrenamiento en Huracán, o los viajes con los que van a los distintos Juegos a representar a la provincia. “Una vez llegamos a Mar del Plata y uno de los chicos que nunca había visto el mar dijo: ‘¡Mirá esa pileta gigante!’… son historias detrás de las historias, que te demuestran que el deporte va mucho más allá de una medalla. La verdadera medalla es lo que genera en valores, en solidaridad, en compartir, en integrar, en defender al compañero, trabajar en equipo, esforzarse, mejorar. Que miles de chicos hayan podido viajar o competir acá, que aprendan a ponerse contentos cuando ganan o a ponerse tristes cuando pierden, todo enseña y por eso hablo del deporte como una forma de vida. Y cuando uno ve al deportista luchar, sabe que también uno puede hacerlo… recuerdo que cuando estaba internado se desarrollaban los Juegos Olímpicos de Londres, y estaba Federico Molinari, que fue finalista en anillas. Y yo lo veía por televisión y lo alentaba, hasta que me dí cuenta de que me estaba alentando a mí mismo. Cuando decía ‘¡Vamos que vos podés!’, lo sentía también para mí. Cuando un jugador erra un penal, cuando el patinador se cae… se levantan y siguen. Y la vida es eso, caerte, levantarte y volver a sonreír.

Así era Maxi Brumec, y por eso tanta tristeza por su fallecimiento.

Le quedó pendiente traer a Catamarca a su tío Pedro Opeka, conocido mundialmente como el Padre Pedro, un sacerdote católico que trabaja como misionero en Madagascar, frente a la costa africana. En ese país, uno de los más pobres del mundo, vio a chicos descalzos viviendo en un basurero y decidió ayudarlos a tener una vida digna. Levantó primero casillas precarias que luego fueron reemplazadas por casas de ladrillos de dos pisos, y les enseñó a vivir con lo que ellos producen. Los grupos de casas fueron creando varias ciudades levantadas donde estaba el basurero. Ya rescató a cerca de 20.000 niños. Además, Opeka fundó una organización sin fines de lucro llamada Akamasoa (que significa “Los buenos amigos”), dedicada a darles trabajo a sus habitantes. Lo llaman “La Madre Teresa con pantalones”. Por sus servicios a los pobres obtuvo la Legión de Honor, y ha sido propuesto reiteradas veces al Premio Nobel de la Paz, por naciones como Francia, Eslovenia, Mónaco y Argentina.

Este verdadero héroe del amor y la solidaridad, reconocido todo en el planeta, tenía un muy estrecho vínculo con Brumec, ya que es su tío directo: hermano de la mamá de Maximiliano.

Dios quiso que sea el momento de despedir a Maxi, pero deja en todos un enorme legado. Vaya desde aquí un fuerte abrazo a su esposa Gabriela Molina, a sus hijos y a todos quienes sufren en este delicado momento.

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